“La historia más bella jamás contada” pueda ser el compendio atribuido a la existencia del hombre.
Admiramos el universo, sus enormes galaxias, su infinidad de estrellas, planetas, cometas, asteroides, etc. y con nuestra diminuta capacidad de entendimiento, de visión, hemos llegado a sentirnos el ombligo del mundo, el Ser por excelencia, sin el mayor rubor. Todo pasa por nuestro arel y nuestro juicio es el veredicto final.
Nos creemos semidioses, hasta tal punto que para mantener esta presunción nos hacemos descendientes directos de un Creador, de diversas divinidades. Encarnaciones de los diferentes dioses. En todas las religiones que son las que tratan de dar explicación a nuestra existencia.
Algunas hasta nos hacen creer que somos el ojo derecho de la divinidad, de ahí las revelaciones, los profetas, hasta el mismo Hijo de Dios, que nos son enviados como una prueba irrefutable de esa estirpe. Somos un pozo insondable de vanidad. La simple razón no puede hacernos admitir esa exclusividad divina dentro de un orbe tan inmenso.
Como vástagos de la deidad no podemos concebir nuestra realidad sin una prolongación en el infinito, como eterna es la del creador.
No somos entes que nos amilanamos ante las dificultades, y nuestro intelecto concibe entonces como única solución nuestra resurrección como un elemento que palie, que componga ese desastre de nuestra muerte, de nuestra finitud. Resucitaremos un día con todo el esplendor deífico, dotándonos, ahora sí, de una infinitud.
Prolonguemos nuestra utopía, sumerjámonos en la profundidad de la fe, escuchemos novedosas profecías, embebámonos en lecturas de filosofía y teológicas que sustenten nuestra evolución quimérica. Todo es menester.
A partir de ahí el universo será nuestra posesión más preciada, mutaremos nuestro valle de lágrimas en un beatífico paraíso recuperado, acallaremos nuestros miedos, borraremos nuestros rencores, haremos florecer la felicidad por todos los espacios. Para siempre, eternamente.
Una de las maravillas de las que está dotado el ser humano es la imaginación, no es cuestión pues de desecharla.
Si la existencia nos donase benévola siquiera un segundo a posteriori de nuestro óbito para comprobar nuestra realidad, en ese instante siguiente, constataríamos el derrumbe de ese castillo de naipes, la ruina de esa novelesca andadura que trazamos con tanta ingenuidad.
En tanto, ¿no es mejor vivir cantando al compás que va la vida? Eso que llevamos por delante.
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